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02/24/2021 / José Quintás Alonso

Imaginación y estilo

El siguiente texto está tomado de un relato de Chelo Orias:

“Era uno más de los innumerables días que pasaba en la guarida. Desde mi recinto, un lugar privilegiado en lo alto de una vitrina, veía revuelto el coro de sillas; tropezaban unas con otras sin encontrar la mesa que les servía de orientación. En una esquina, al fondo, permanecía, acurrucada bajo un paño de colores estruendosos, la batería; los platillos estaban a su lado, rozando con disimulo su pie bajo la tela.

Dos personas abrieron la puerta, miraron el local y salieron: «Ummm. Voy a tener jaleo», pensé. Al segundo, creí oír mi nombre: «Gultur, Gultur». La puerta transparente volvió a abrirse. Un grupo de cinco personas entraron riendo y charlando. De nuevo la voz: «iGultur!». Giré la cabeza hacia la izquierda y allí estaban las belgas, contoneándose y rivalizando entre ellas: la rubia Grimbergen, que lucía el escudo del Ave Fénix heredado de su padre, uno de los monjes Norbelinos; Mort Subite pavoneaba su cuerpo ligero color púrpura; Maes intentaba deslumbrarlas con sus reflejos alimonados y Judas, vestida de un tono oro viejo, quería dejarles claro que era ella quien había ganado, en 1989, la medalla de plata en Le Monde Selection.

—¿Se puede pasar? —preguntaron varias personas en la puerta automática, que no cesaba de abrirse y cerrarse.

—¿A qué hora comienza? —consultó otro.

—Un momento, tranquilos; dadnos un minuto y pasáis —respondió un hombre con tono afable.

Sabía que algo iba a suceder desde el momento en que entraron los primeros cinco humanos y se pusieron a trastocar el local. Cogieron una mesa y la llenaron de libros, todos iguales. En la hoja de colores pude leer: «Universos de la noche». Empezaron a subir mesas y algunas sillas a la plataforma de la esquina y unas mujeres no paraban de moverse: se sentaban, se cambiaban de lugar, sacaban y metían unas hojas de papel de sus bolsos, las ponían sobre la mesa y las quitaban, las doblaban… Empezaron a jugar con el cable de un micrófono que había en la sala y lo pasaban por delante de las mesas, por detrás de las sillas, entre ellos… Llegó un joven que lo cogió y lo acercó al altavoz que estaba en la esquina, tocó algún artilugio y un sonido chirriante salió de la caja. Los ojos de las de la plataforma le miraron.

—Funciona. No os preocupéis —respondió a sus inquietas miradas.

Vi que el salón comenzó a llenarse de almas de todas las edades: un joven con muletas, ayudado y acompañado de varias mujeres, rubias, morenas, con melena, pelo corto… dos niñas saltarinas que corrieron hacia una de las mujeres de la plataforma; unos veinteañeros que hacían gestos con la mano a otra de la tarima; seres humanos que no cesaban de ir de un lado a otro, saludando.

Las mujeres del minúsculo escenario empezaron a sentarse y a poner encima de las mesas las hojas, sobre las que había palabras subrayadas y tachadas. Me fijé que, en el papel blanco de la esquina izquierda, las palabras comenzaban a moverse con sigilo. Un gerundio del primer párrafo fue el primero en deslizarse furtivamente, e hizo que la frase se tambaleara. El ligero temblor despertó a las gemelas inglesas:

—iEh, qué pasa!

—Schsss —protestó el punto somnoliento.

—iCatapumba! —Un adjetivo curioso Se había caído, y despertó al resto de palabras.

—Plas, plas, plas. —Aplaudían artículos, sustantivos…

Observé que las letras de todos los papeles aprovechaban el revuelo, rebotaban de palabra en palabra y formaban un enorme galimatías, a la vez que los párrafos, confundidos y enfadados, saltaban al vacío. El hombre del tono afable cogió el micrófono y habló de las mujeres de la mesa y de los libros iguales del rectángulo. El público reía y aplaudía. Advertí pavor en los ojos de las chicas de la tarima al ver la huida de las palabras y los papeles en blanco.

—Un gran aplauso para ellas —dijo el presentador, y les pasó el micrófono.

Dudaron unos instantes, pero después hablaron y hablaron.

Distinguí a uno de los artículos en la esquina de un vaso. ¡Casi se lo bebe el muchacho que acompañaba a la mujer turquesa! Lo perseguí y reparé en que las inglesas, los adjetivos, sustantivos y todas las demás palabras se habían citado en la cima de las agujas del cuadro situado detrás de ellas. Habían vuelto a ponerse en orden. Ellas guardaron los blancos papeles en sus bolsos.”

(Tomado de

Disponible en Amazon)

 

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