Skip to content
02/24/2016 / José Quintás Alonso

Iznogud : un juego de palabras con la frase inglesa “He’s no good”

iznogudcalifa[1]

Pablo-IglesiasPodemosWikipedia:

La historieta está ambientada en el Bagdad maravilloso de “Las mil y una noches”. Harún El Pussah, un personaje bonachón, muy querido por el pueblo, es el califa de Bagdad, e Iznogud es su visir. El nombre del personaje revela su carácter: es un juego de palabras con la frase inglesa “He’s no good”. En efecto, el objetivo del envidioso y traicionero visir no es otro que “ser califa en lugar del califa”, para lo cual, ante la pasividad bobalicona de Harún, se dedica a conspirar interminablemente, con la ayuda de su fiel Dilá Lará (Dilat Larath en la versión original). Los planes de Iznogud siempre fracasan y conducen a Iznogud y Dilá Lará a situaciones aparentemente sin salida, de las que, sin embargo, no queda nunca huella al comienzo del episodio siguiente. Cuando se les señaló este particular, los autores replicaron con una serie de historietas breves titulada Les Retours d’Iznogoud, en la que se cuenta cómo los personajes lograron salir de las apuradas situaciones en que terminan en los álbumes anteriores.

 Me solidarizo y reproduzco la siguiente carta, firmada por Paco Tomás:

Señor Pablo Iglesias:

Permítame este asalto tan poco convencional pero, para los que aprendimos a refugiarnos en las palabras, hay ocasiones en las que nos resulta más sencillo expresarnos desde la complejidad de la palabra escrita porque en la transcripción del pensamiento hay un factor de reflexión que nos parece menos impulsivo que el de la expresión oral, técnica que ya sabemos que usted domina con admirable soltura.

Usted no me conoce y, por lo tanto, puede darle un valor relativo a esta carta. De hecho, puede incluso no valorarla pero deseo que el destino que corran estas palabras no sean el final de lo que reclaman. Le escribo en mi nombre y no en el nombre de nadie, aunque mi entorno me haya autorizado a hacerlo. A mí nadie me ha elegido en unas elecciones como representante de nada, nadie ha confiado mayoritariamente en mí, nadie me ha pedido, con su voto, un compromiso. Pero necesito expresarle la decepción que se filtra a través de mis ojos cada vez que le veo aparecer en los medios de comunicación como una especie de Capitán Trueno dispuesto a desvelarnos las miserias del sistema pero apenas comprometido con la tarea que se le encomendó: pactar.

Le escribe un votante de la izquierda de esos que ha padecido en sus quebraderos de cabeza lo que es la indecisión y el desencanto pero que nunca castigó a su ideología viajando hasta el extremo opuesto. También soy un votante convencido, un creyente del poder transformador del voto, un sentimental que aún se emociona cuando introduce la papeleta en la urna porque se siente parte de la Historia. Y quiero que comprenda que para mí, quizá solo para mí, no represento a nadie, resulta incompatible con el espíritu de una izquierda dialogante y capaz pretender sentarse a negociar con un documento en la mano de noventa y ocho páginas innegociables. Me gustaría que entendiese que dialogar es la herramienta necesaria para llegar a un acuerdo pero no conozco ninguna negociación en la que cualquiera de sus participantes pretendiese salir de la misma con un marcador favorable al cien por cien. Me preocupa que ante una seria oportunidad de cambio en este país -porque la presencia de nuevos grupos parlamentarios como el suyo ya marcan, necesariamente, una transformación del sistema- usted disfrute tensando tanto la cuerda convencido de que es elástica. Lo elástico también se rompe y casi siempre acaba dándole en la cara al que sujeta el extremo. No olvide que su cara también es la de aquellos que, independientemente de la opción de izquierdas que votasen, retomamos nuestras esperanzas, soñamos con un cambio, y les encargamos un cometido: cambien las cosas, restauren lo roto, demuéstrennos que la verdadera democracia, la de los pactos que buscan el bienestar de la mayoría y no los intereses particulares de los partidos, es posible. Y lo que usted ve como una hazaña, ese bloqueo a cualquier pacto –porque si usted cree que pactar significa sumisión del interlocutor permítame que le recuerde que eso, en política, tiene un nombre muy feo y no es precisamente ‘disponibilidad’- yo, que no hablo en nombre de nadie, lo percibo como un interés desconcertante en dinamitar una ilusión.

Es cierto que yo nunca llamaría arrogante y prepotente a la persona con la que pretendo sentarme después a negociar. Es cierto que a mí jamás se me ocurriría sentarme en una mesa de diálogo exigiendo una vicepresidencia con responsabilidades de primer ministro. Es cierto que yo nunca exigiría a jueces y fiscales un “compromiso con el programa del Gobierno” cuando lo que mis votantes esperan de mí es que facilite la independencia del poder judicial. Es cierto que yo no consideraría innegociable el referéndum de autodeterminación de Catalunya cuando lo que necesita urgentemente este país son medidas de rescate social. Es cierto que yo no pelearía por el CIS, el CNI o el BOE cuando lo que mis votantes esperan de mí es que derogue la reforma laboral, que apoye a la educación y la sanidad, que marque un salario mínimo interprofesional decente, que ayude a acceder a la vivienda y a encontrar trabajo (bien pagado, si es posible), que asegure el cambio de la ley electoral, que reinstaure los derechos y libertades que ha arrebatado el último código penal o que devuelva la independencia a la radio y la televisión públicas, dotándolas de una financiación que les permita seguir haciendo una programación de calidad e independiente. Especialmente cuando me tengo que sentar a pactar con una fuerza política que tiene más votos que yo y más escaños que yo. Pero claro, ese soy yo, no usted. Por eso usted está donde está y yo estoy donde estoy.

Estoy desilusionado y algo enfadado. Desilusionado porque era de los que creía que cuando dos, o tres, o veinte, se sientan a hablar y hay vocación de entenderse, conversan de lo que les une y aparcan sus diferencias. Y enfadado porque si todo esto forma parte de una estrategia con vistas al 26 de junio está usted asumiendo la mentira de nuestra democracia para sacarle rédito político. No sé si nos ocultan algo y las tuberías del poder están llenas de recovecos que jamás conoceremos pero irnos a unas nuevas elecciones, además de un despilfarro, es un fracaso. Pero su fracaso. De ustedes, políticos que tendrían que estar defendiendo el diálogo y los intereses generales de este país y no luchar por sillones y cargos como si estuviésemos ante un guión de Juego de Tronos. Muy enfadado porque si nos vamos al 26 de junio, no iré a votar. La primera vez en mi vida. Y eso sí que me enfada. Porque nunca imaginé que el uso despótico de una ilusión pudiese acabar matando el anhelo de cambio. Y comprobarlo me hiere y me enfada.

Señor Iglesias, por favor, este país no necesita héroes. Necesita compromiso y honestidad. Necesita construir unos pilares sobre los que edificar una sociedad más justa, más íntegra (que no integrista), más solidaria y más empática. El resto, llegará por sí mismo, sin conflictos. Ayude a cimentar ese sueño. Se lo pide un humilde votante de izquierdas.

Atentamente,

Paco Tomás

 

P.D: Varias horas después de colgar esta carta abierta, que ya tiene más de 10.000 visitas, les confieso que me arrepiento de algo que he escrito. Me refiero a mi intención de no votar si hay unas nuevas elecciones. Creo que ha sonado a pataleta, a contradicción, a querer cargarle a un partido y a un líder la responsabilidad de mi falta de creencia en la democracia,…y eso sería falso e injusto. No puedo dejar de creer en el poder transformador del voto. Y pienso que si vamos a elecciones en junio, iré a votar. De hecho, creo que incluso sé a quien votaría.  Gracias por haber invertido una parte de vuestro tiempo en leerme. Salud y libertad.

 

Anuncios
A %d blogueros les gusta esto: