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01/18/2019 / José Quintás Alonso

La era de la perplejidad. Repensar el mundo que conocíamos-4

En el libro publicado por OpenMind (BBVA) “La era de la perplejidad. Repensar el mundo que conocíamos”, escribe Jan-Werner Müller (El auge ¿imparable? del populismo). De dicho artículo copio y pego algunos párrafos que están en cursiva.

Mi opinión:

  1. Plantea el autor posibles causas del populismo; es decir, está en un análisis previo, pero previo…PREVIO….después viene la recogida de datos cuantificables y posteriormente hacer el análisis estadístico… En fin, lo veo más cercano a la actividad de comentarista que a la de científico. Posibles causas, bien… posibles causas…
  2. Personalmente, muy personalmente… cuando oigo a alguien (últimamente a las “izquierdas” y a los “nacionalistas progresistas!!”… hace 50 años a las derechas) hablar del “pueblo” … un escalofrío me recorre la columna vertebral. Esto no es una conclusión, es una emoción, una alerta de “peligro”… algo muy básico e instintivo.

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Asimismo, lanzaré algunas hipótesis sobre las «causas probables» del populismo y señalaré posibles estrategias para contrarrestar a los populistas.

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Pero, lo que es clave, proclaman que ellos, y solamente ellos, representan a «la gente real» o a la famosa «mayoría silenciosa». Por consiguiente, señalan a todos sus oponentes como fundamentalmente ilegítimos. Nunca están en tela de juicio solamente las diferencias políticas, ni siquiera los valores —lo cual sería no solo absolutamente normal sino muy productivo en una democracia—. Lo que hacen los populistas es personalizar y moralizar el conflicto político: «los otros» insisten, son corruptos, «los otros» son deshonestos.

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Menos obvio es que los populistas insinúan que todo el que no comparte su concepción de «pueblo» —y que, por lo tanto, no los apoya— pertenece al grupo contrario, a los sospechosos.

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Lo que sí es preocupante es el antipluralismo de los populistas. Siempre suelen excluir a dos niveles: en el ámbito de la política de partidos se presentan a sí mismos como los únicos representantes legítimos del pueblo, mientras que el resto queda excluido, por lo menos moralmente; y a otro nivel menos evidente, el del propio pueblo si se quiere, quienes no comparten su construcción simbólica del «pueblo real» (y, consecuentemente no los apoyan desde el punto de vista político) quedan también excluidos. Dicho de otro modo, el populismo lleva implícita la reivindicación del monopolio moral de la representación del supuesto «pueblo real», que conduce inevitablemente a políticas identitarias excluyentes

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Como dice el abogado constitucionalista alemán Christoph Möllers, no es lo mismo contar la mayoría que sentir la mayoría. A menudo los populistas enfrentan los sentimientos contra los números cuando, en definitiva, contar correctamente los números es todo lo que tenemos en una democracia.

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La idea de que los populistas que lleguen al poder se verán abocados a fallar estrepitosamente, a no ser que se moderen de una manera u otra, parece reconfortante. Pero es otra ilusión. Por una parte, que protesten necesariamente contra las élites no significa que cuando estén en el gobierno se vuelvan contra sí mismos. De todos los fracasos de un gobierno populista se puede seguir culpando a las élites, que seguirán actuando entre bambalinas y manejando los hilos, ya sea dentro del país o desde el extranjero (y en este punto volvemos a encontrar la nada casual conexión entre populismo y teorías conspiratorias). Muchos populistas vencedores siguen comportándose como víctimas después de haber ganado; las mayorías pueden actuar como minorías maltratadas. Hugo Chávez, por ejemplo, se refería siempre a oscuras maquinaciones de la oposición —esto es, la «oligarquía» oficialmente depuesta— o a Estados Unidos, que pretendía sabotear su «socialismo del siglo xxi». El presidente turco Erdogan se presentaba a sí mismo como un David ante Goliat; siempre sería un luchador callejero del barrio estambulí de Kasimpasa, enfrentándose valientemente al antiguo régimen kemalista de la república turca mucho después de empezar a concentrar en sus manos todo el poder económico, político y cultural del país. Un efecto secundario del golpe militar del verano de 2016 fue el refuerzo de su imagen como luchador del pueblo contra las fuerzas visibles e invisibles del mal —los militares y la oscura red de Gülen— en contraste con la imagen de sultán recluido en su pomposo palacio presidencial que había estado mostrando en los años anteriores. Todavía más inquietante resulta el hecho de que, cuando los populistas consiguen mayorías suficientes en el parlamento, intenten construir regímenes que parezcan democracias, pero perfectamente diseñados para perpetuar el poder de los populistas (como los supuestos únicos representantes moralmente legítimos del pueblo real). Lo primero que hacen es colonizar u «ocupar» el Estado. Pensemos en Hungría y en Polonia como ejemplos recientes. Uno de los primeros cambios que introdujeron Orbán y su partido tras llegar al poder en 2010 fue transformar la Ley de Servicio Civil para poder colocar a sus leales en puestos burocráticos que no deberían ser partidistas. Tanto el Fidesz en Hungría como el Partido de la Ley y la Justicia (PIS), de Jaroslaw Kaczynski en Polonia, se movieron deprisa para eliminar la independencia del poder judicial. Captaron a los líderes de los medios de comunicación y se decretó que los periodistas no podían informar de manera que los intereses de la nación (o sea, del partido en el gobierno) se vieran perjudicados. Y todo el que criticara estas medidas era vilipendiado y tildado de colaboracionista de las élites corruptas o, directamente, de traidor (Kaczynski hablaba de «polacos de la peor calaña» que «llevan la traición en su ADN»). El resultado final es que los partidos populistas crean un Estado a su gusto y a su imagen y semejanza; un estado PIS y un estado Fidesz, si se quiere. Esta estrategia para consolidar o incluso perpetuar el poder no es exclusiva del populismo, evidentemente. Lo que los populistas tienen de especial es que ocupan y colonizan abiertamente las estructuras del Estado: ¿por qué no lo iban a hacer, preguntan indignados, si es el pueblo real y soberano el que toma posesión del Estado a través de sus únicos representantes legítimos?; ¿por qué no se va a purgar a aquellos que están obstruyendo la genuina voluntad popular en nombre de la neutralidad del servicio civil?

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Queda aún un elemento de la política populista —que casi podríamos llamar «el arte de gobernar» populista— que debe entenderse con claridad. Los populistas que llegan al poder tienden a ser duros (como mínimo) con las organizaciones no gubernamentales que los critican. Bien es verdad, nuevamente, que hostigar a la sociedad civil no es exclusivo del populismo, pero sí que lo es la visión que tienen de la oposición social como un desafío simbólico; cuando es la sociedad civil la que los ataca, ven amenazada su reivindicación de ser los únicos representantes morales del pueblo. Sería una paradoja intolerable y necesitan desesperadamente argumentar (y supuestamente «demostrar») que la sociedad civil no tiene nada de «civil», y que cualquiera que se les oponga no tiene nada que ver con el «pueblo real». Así, tanto Putin como Orbán y el PIS polaco han hecho enormes esfuerzos para desacreditar a las ONG acusándolas de estar controladas por potencias extranjeras (declarándolas legalmente como «agentes extranjeros») y llamando a sus miembros «activistas a sueldo». Algo así hizo Trump cuando millones de personas se manifestaron contra su prohibición de entrada en Estados Unidos de los musulmanes.

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Pero en todo esto hay una trágica ironía: los populistas incurren en los mismos pecados que antes habían cometido las élites del sistema y acaban excluyendo a los que no interesan y usurpando el Estado. Todo lo malo que ha estado haciendo el sistema es justo lo que los populistas en el poder acabarán haciendo. La diferencia estriba en que el sistema corrupto era consciente de actuar mal en beneficio propio y escondía su corrupción, mientras que los populistas siempre encuentran la justificación moral adecuada que les permite ir con la cabeza muy alta y dormir con la conciencia tranquila. Es realmente ilusorio creer que el populismo pueda mejorar la democracia. Los populistas no son más que élites diferentes que intentan acceder al poder con la ayuda de una fantasía colectiva de pureza política

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Causas:

  1. Muchos estudios coinciden en reconocer que los problemas económicos parecen desempeñar un papel preponderante, pero no es lo único;
  2. Segundo, al populismo puede venirle bien que un país esté ya experimentando algún tipo de «guerra de culturas».
  3. En tercer lugar, y a riesgo de parecer obvio: es necesario que haya agravios
  4. En cuarto lugar está lo que podríamos llamar la «tecnocracia liberal» que fortalece el populismo… <Sigue>… Lo que parece ser menos obvio, porque tecnocracia y populismo parecen extremos opuestos, es que ambos compartan una característica importante: son formas de antipluralismo

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Al contrario de lo que a los liberales les gusta creer, no todo lo que dicen los populistas es necesariamente demagógico y falso, aunque ciertamente se presenten apoyados en una gran mentira: que hay un pueblo singular y auténtico del que ellos son los únicos representantes. Para combatir al populismo, es necesario comprender y socavar ese pilar fundamental del discurso populista.

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En este ENLACE puedes encontrar el texto completo.

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