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01/05/2019 / José Quintás Alonso

Nazis y comunismo

 

<…>Debido precisamente a que sus enemigos ya no tenían una alternativa que ofrecer, los discursos sobre el capitalismo como monstruo destructor de la naturaleza y enemigo del hombre, que era en lo que según ellos consistía este sistema, cobraron de nuevo peso. Crecía la impresión, y desde luego no sólo en Alemania, de que las decisiones importantes, por ejemplo acerca de la prevista unión monetaria o respecto al problema de la inmigración, se tomaban en Bruselas y Washington, bajo la presión de acontecimientos anónimos y sin que al ciudadano de a pie se le ofreciera la posibilidad de tomar parte en ello.

¿Cómo orientarse a partir de ahora?

Interrumpo aquí esta descripción incipiente del estado de las cosas y resumo aquello que para los historiadores tiene un interés especial: las nítidas circunstancias de la Guerra Fría se han diluido en favor de una especie de ausencia de circunstancias o de situación, que hace que resulte extremadamente difícil orientarse. No hay duda de que comprometerse en favor de un «mundo mejor» es algo digno de alabanza, pero cuando va más allá de lo trivial y de lo que se sobreentiende, este compromiso se ve confrontado con graves dificultades. En este sentido, ¿no es quizá más recomendable disponerse para la «lucha entre las culturas», tal como lo planteó Samuel Huntington? ¿O es una perspectiva de futuro realista aquella en la que el globo terráqueo está habitado únicamente por personas que hacen gala de su poder máximo de adaptación respecto a las exigencias que la empresa o las empresas para las que trabajan les plantean; un futuro en que, correspondientemente, cualquier historia puede dedicarse con la misma objetividad, pero también con la misma indiferencia interior, a cualquier tema que en cualquier lugar del mundo pueda quedar aún por investigar? ¿No tendremos nosotros los mayores que darnos entonces cuenta de que, en medida mucho mayor de la que éramos conscientes, realizamos nuestro trabajo a partir de «situaciones concretas», es decir, comprometidos con ellas? Sin embargo, este encontrarnos presos dela situación al mismo tiempo que se intentaba adquirir distancia y ejercer la autocrítica…, ¿no era esto, a pesar de todo, más histórico, aunque no más científico, que la ausencia de situación del mundo único de la economía de mercado y de la competencia, en el que todas las cosas están a la misma distancia y en el que, por lo tanto, todo se investiga y analiza con la misma objetividad fría y ajena? ¿O es que estas reflexiones no pasan de proyecciones estereotipadas e ideales que provocan un sobresalto abstracto e irreal y que distraen de las verdaderas amenazas?

Diviso, efectivamente, un peligro concreto: que «el capitalismo», desatado, imperante e imperioso en el mundo entero, llene el vacío espiritual que arrastra consigo con un «antifascismo» que ampute y simpli-<sigue>

Ernst Nolte

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